Hna. Klara María Breuer, „Berlín me descalzó“

Ejercitar una mirada y una escucha respetuosas: de esto se trataba en estos días de Ejercicios en Berlín, en agosto de 2003. Tres año lleva invitando el grupo „Religios@s contra la exclusión“ a hacer Ejercicios en la calle. Llena de interés me aventuré a experimentar que la ciudad, con su vida compulsiva y contradictoria, puede convertirse en un „lugar sagrado“ de encuentro con Dios.

El primer día el camino me llevó, con tiempo soleado, a un banco del parque en el barrio de Kreuzberg. No llevo distintivos de religiosa, sino que voy de paisano. Un tiempo después, una mujer turca se sienta a mi lado. Entramos en conversación. „Llevo viviendo aquí 40 años“, me cuenta. Su talante amistoso y cálido es un regalo para mí y me hace descalzarme de mis prejuicios.

Descalzarse: esta imagen del encuentro de Moisés con Dios junto a la zarza ardiendo se prolonga como hilo conductor a lo largo de los días. En esta historia Dios se revela en una planta espinosa, en principio poco atractiva. Desde la zarza le llega a Moisés la llamada: „Descálzate, porque el lugar que pisas es suelo sagrado“. Christian Herwartz, jesuita, uno de los acompañantes de los Ejercicios en la calle, desarrolló ya desde el primer día esta imagen: „Descalzarse significa no elevarse por encima de los demás, tocar con los pies desnudos la realidad, a menuda tan espinosa, para buscar en ella las propias llagas y moraduras, los anhelos propios y ajenos y el camino hacia una vida colmada“.

Un estilo de vida sencillo nos ayuda a aproximarnos estos días a la realidad de grupos marginales. Nuestro albergue nocturno en Kreuzberg se halla en el sótano del centro parroquial de S.Miguel, que durante el invierno está a disposición de gente sin techo. Para la oración personal podemos utilizar el templo parroquial, así como la capilla muuy próxima de las franciscanas de Siessen.Las comidas las tomamos en la sala comunitaria. También nos encontramos allí para la celebración vespertina y para intercambiar las experiencias en grupos pequeños. En esta calurosa semana de verano somos cuatro mujeres y cinco hombres los que participamos en los Ejercicios; hay que añadir nuestros acompañantes, dos jesuitas y dos religiosas. En el primer desayuno juntos están con nosotros otros invitados, por así decirla para pasarnos el „testigo“: el monje budista Heinz-Jürgen, un hombre y una mujer, cuentan las experiencias de sus días de meditación. Habían vivido realmente varios días en la calle. Experimentaron el inestimable valor de la comunicación: una mirada, un gesto. Yo lo viviría también los días siguientes.

En el texto de los organizadores invitando a los Ejercicios ponía: „A veces pasarán Uds. También por etapas dolorosas de autoconocimiento“. En mi encuentro con la tuurca en el banco del parque, no vislumbro eso todavía. Pero sí cuando visité el comedor benéfico para transeúntes de los franciscanos en el distrito de Pankow, el segundo día de mi estancia en Berlín. Inicialmente m proponía echar una mano, limpiando verdura y pelando fruta. Pero de ese „calzado“ fui despojada. „No la necesitamos, tenemos suficiente ayuda“, se me dio a entender. Me siento junto a las personas que esperaban el reparto de la comida. Y experimento allí una importante lección más de estos días: ser invitado es un regalo. En términos bíblicos, sólo podemos situarnos en la plaza, mantenernos abiertos y dispuestos Si seremos o no invitados, no es cosa nuestra. Sobre ello nos llamó la atención Christian ya al comienzo de los días de Ejercicios.

En el comedor benéfico recibo al fin una invitación muy concreta. Martha, una mujer de más de 70 años,me llama y me pide que me siente junto a ella. El regalo de este encuentro me va resultndo cada vez más patente. Tras el comedor benéfico me lleva por las diversas estaciones de cada día: la oficina de alojamiento,, el parque ciudadano, la taza de café para ancianos en la misión evangélica. Me franquea así el camino para entrar en contacto con sus amigos y amigas. Al tercer o cuarto día soy casi una „vieja conocida“ en el comedor benéfico. Comparto un poco de sus sentimientos y preocupaciones, voy conociendo pulatinamente lo que significa hacer cola en esa fila. Estoy agradecida por la comida caliente el bocadillo. Barrunto: aquí hay un lugar „sagrado“.

Otro „lugar sagrado“ lo encuentro en la tumba del pastor evangélico Dr. Joachim Ritzkowski. Escribió un libro acerca de la vida con los sin techo. Propiamente quise hablar con él en vida, pero en su iglesia me enteré de su muerte. Por iniciativa suya la comunidad había adquirido un panteón para pobres y sin techo; quiso ser enterrado él mismo allí. Por fin una mujer me condujo allí. Sobre la tumba, recubierta de amapolas y acianos, una inscripción: „Yo vivo y también vosotros viviréis“. Así pues este desconocido, por lo poco que de él he sabido, viene a decirme cuán valiosa es mi vida. Y también la de las personas que cada día van al comedor benéfico. Martha, por ejemplo, que durante estos días allí se ha convertido en mi compañera de camino. „Come un poco más“, me ofrece compartir conmigo su ensalada de coliflor. Vacilo un poco, pero luego acepto la invitación. Un regalo que me llega al alma.

Hna. Klara María Brauer