Jean Lecuit SJ, Cinco compañeros de la Provincia han hecho ‚Ejercicios en la calle‘

„Descálzate, porque el suelo que pisas es sagrado“ (Ex 3,5)

Un día Moisés observa durante su trabajo un fenómeno extraordinario: una zarza arde sin quemarse. La curiosidad le impulsa a acercarse y se ve entonces requerido a descalzarse, pues el terreno que pisa es „suelo sagrado“.

Christian Herwartz, jesuita de Berlín, sacerdote obrero sin trabajo que vive en Kreuzberg, un barrio postergado de la ciudad, junto con su comunidad (son tres), comparte su vida y su vivienda con una docena de personas de la calle. Un día alguien le pidió poder hacer Ejercicios en su comunidad. El relato de esta aventura figura en el Anuario de la Compañía 2002.

Algunos compañeros del apostolado social de nuestra Provincia, que conocen a Chrsitian de tiempo atrás, le pidieron que les acompañase en sus Ejercicios en Bruselas en julio de 2003 de la misma forma que lo hace en Alemania.

¿Cuál es la zarza ardiendo en la vida de cada uno de nosotros?

San Ignacio nos invita a dejar el ámbito habitual de nuestras actividades, para salir al encuentro de la llamada que Dios nos dirige a nosotros. ¿Dónde encontrar nuestra zarza ardiendo en el corazón de nuestra vida, pero fuera de las limitaciones de nuestras actividades?

Christian nos propuso salir por las calles. Como escribe en su artículo, nos invitó a prestar atención a la voz interior y dejarnos conducir por ella. Cada persona es tentada de angustia en determinados lugares. Y así por ejemplo muchos sólo pueden aproximarse lentamente a una reunión de drogadictos o incluso se sienten forzados a mantenerse a distancia. Cuando uno puede cobrar aliento y logra permanecer, comienza a desatarse el calzado y dejarlo a un lado. Ignacio diría que se elabora así una „composición de lugar“ para la meditación y la plegaria.

Ese lugar es distinto para cada uno; hacen falta a veces dos o tres días de vagar por la ciudad para llegar primero a encontrar ese lugar que de repente intranquiliza y atrae, y luego desde la distancia o tras una huída destarse las sandalias y quedarse, para volverse vulnerable, como Moisés, a la escucha de aquél que es, que conoce la angustia de su pueblo en dificultad. Para uno fue el Petit Château (albergue); para otro sucesivamente las casas número 127 y 127 dpdo. (concentración carcelaria de refugiados en el aeropuerto) durante una prolongada caminata a lo largo de la calle Haecht, después por el paseo de Dixmude (la espera de trabajo sumergido) con hombres y mujeres de Europa oriental y de Africa que, como en la parábola de „los trabajadores de la viña“, aguardan en el sitio hasta que para un coche a ofrecerles trabajo. Para un tercero a su vez los encuentros con gente de la calle en el casco histórico. Otros dos encontraron un banco, el uno en el parque, el otro en el asentamiento Hellemans en las Marolles, donde hubieron de esperar, observar y escuchar.

Al atardecer nos juntábamos con Christian y Jacques Enjalbert, un escolar francés que había hecho el año anterior los Ejercicios en la calle en Berlín-Kreuzberg, para celebrar la eucaristía. Tras la cena conclusiva compartíamos unos con otros con detalle las vivencias del día.

Cada cual participa por tanto de la impotencia del otro para compartir algo de cómo se encuentra a un lado u otro de un muro o de una reja (en las casas 127 y 127 dpdo., en el Petit Château), cómo barrunta la impotencia de Jesús en la cruz, que no puede sino estar ahí, presente en el padecimiento y en los anhelos más íntimos y sagrados de quienes le rodean. Cada cual participa de la bulliciosa amistad de los polacos emigrados con quienes sientan junto a ellos en un banco con las latas de cerveza del supermercado, o de la acogida amistosa y el juego bien participado junto con esas gentes de la calle que regañan con humor a los que pasan, o también de la oración de la brasileña negra, que también carece de techo sobre su cabeza y tiene ansia de leer la Biblia. Los miedos de quienes están en el Petit Château a la espera de trabajo, de quienes son controlados por la ronda policial, su fuga consternada se vuleve la de todos: „Yo conozco vuestros miedos“; la convicción de muchos de ellos, musulmanes o cristianos, de que Dios está entre nosotros y acude siempre a nuestra búsqueda. La vida fracasada de una mujer de modesta condición, que se quiere relajar en un banco y que cuenta su sufrimiento a aquél de nosotros „que no la conoce a ella“ y „a quien ella no conoce“; al día siguiente la vida de otra mujer del mismo ambiente y que ha escogido el celibato para estar disponible para los suyos, y muchos proyectos para el futuro en el corazón de todos. „El que medita no siempre es movido“. Hablamos así juntos también sobre la perplejidad, sobre el lugar que busca el orante sin encontrarlo aún, o también por ejemplo sobre la meditación de los hombres y mujeres que sin vacilar caminan arriba y abajo entre las calles Blaes y Haute, sobre los gestos de amistad o de ayuda mutua, sobre los niños que juegan.

Christian, pero también cualquier otro miembro del grupo, reflexiona en este intercambio con sumo cuidado lo que capta de la experiencia ajena, proponiéndole para el siguiente día dar un paso, meditar un texto de la escritura que ayude a madurar los frutos de su oración.

El regalo del camino de las indagaciones se convierte con el correr del tiempo en entrega a aquél que es, y las sandalias se van desatando trozo a trozo, para que el corazón se abra a los requerimientos y cuestiones que nos dirigen quienes nos ven llegar a su vida. –“¿Qué haces?“ –“Busco a Dios.“ –“¿Aquí?“ o: „Suenas como un cura“. –“Lo soy“. Y a veces surgen largos diálogos sobre Dios y su sitio en nuestra vida. La tan olvidada vida interior de una ciudad comienza así a volverse parte de nuestra propia carne y a hacerse una silenciosa plegaria: „Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre, así ha sido de tu agrado“ (Lc 10,21). ¿No se muestra aquí el misterio de la comunión entre el Padre y el Hijo? ¿No expresa Jesús en esta plegaria que él vive en su humanidad su intimidad con el Padre en comunión con la inteligencia de las cosas que más importan a los hombres, en particular a los „sin voz“ (éste es el sentido literal del griego „nepioi“, que se suele traducir por „pequeñuelos“? En verdad „Dios está en este lugar y yo no lo sabía“ (Gen 28,16).

¿Qué hacer tras el largo camino de Jerusalén a Emaús, donde se abre el „sentido de la Escritura“ tras el reconocimiento en los hermanos (Mt 25,40), sino desandar el camino en sentido contrario? Allí escuchan a los hermanosque permanecían en Jerusalén decirles: „Es verdad“. Verdaderamente ha resucitado y se ha aparecido a Simón. Y ellos „les contaron „cómo le habían reconocido“. Y „seguían contando cuando él mismo se presentó en medio“ (cf. Lc 24,33-36).

Finalizamos juntos estos ocho días en el Poverello (un comedor de necesitados) en la calle Verte, para escuchar quién vive allí y para contar lo que hemos vivido. Hemos probado a encontrarnos allí conpersonas excluidas socialmente, con ellas y también con Jesús, y „donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos“ (Mt 18,20).

Al terminar nuestro último encuentro vespertino en la calle de la Poste, 132, donde hemos ocupado dos habitaciones (con cocina), una donde todos (salvo dos) hemos dormido en el suelo y la otra para comer y para encontrarnos a comienzo y final del día, percibíamos que habíamos vivido una experiencia que nos recordaba a la de los primeros compañeros. Uno de nosotros dijo: „En el fondo lo que hemos vivido no debe ser tan diferente de lo que los primeros compañeros pudieron vivir cuando se alojaban en casas abandonadas de Venecia“.

Tras el verano buscaremos medios de trasmitir este regalo a los demás compañeros,si es posible a partir del próximo año, con una nueva edición de los „Ejercicios en la calle“.

Jean Lecuit SJ
Publicado en las Noticias de la Provincia belga meridional, sept.2003