Christianne Wiesner, Hallar el centro en el margen – Ejercicios en la calle

Estamos sentados en torno al Cristo de la iglesia de S.Miguel, en Berlín-Kreuzberg, que me produce un efecto tan desolado. En el centro hemos puesto símbolos de los 10 días de Ejercicios, ya a punto de concluir: una cajetilla volcada, dos manos llenas de basura callejera, un marrón entremezclado de todos los colores, un tape de cerveza con corona sobreimpresa, la fianza de dos botellas de cerveza, un adoquín y un mendrugo de grava, un par de manos abiertas (¿vacías?), dos pies desnudos, ansiosos… Nueve participantes y cuatro acompañantes: tan divers@s como nosotr@s son esos intentos de captar el yo propio en el encuentro con otros en Berlín, en Kreuzberg. Lleno de simbolismo se ha vuelto también el banco, allí en la plaza Oranien, donde se sentaban quienes acaso se dejaron esa cajetilla o ese tape. O la insolente inscripción en esta casa ocupada, no lejos de la estación del Este: la frontera no discurre entre los pueblos, sino entre los de arriba y los de abajo…

Márgenes, fronteras y pasarelas

Estar en camino. ¿Me recorro las calles como si hubiera perdido algo? ¿O como un perro errabundo? ¿O existe una certidumbre de que en el fondo de mi vagar hay un camino, que tiene una meta? Los lugares se presentan, a menudo con el simple ir. No tengo por qué buscarlos convulsivamente. Pero no faltan decisiones, si no no sigo adelante. A veces justamente no hay término medio, no hay tercera vía. Los semáforos. Detención y movimiento. Pararse. A menudo ningún „verde“, sino „rojo“, pararse. Mi anhelo de cambio está unido muchas veces a la angustia ante el cambio.

¿Qué lugares son donde yo me pueda „abrir“? La apertura implica volverse vulnerable. Tantas veces ninguna sensibilidad por los límites del encuentro, o una indolencia para preservarlos, para no traspasarlos importunamente. Y sin embargo, o precisamente por ello, debo y quiero permanecer vulnerable, porque allí donde algo está endurecido, no puede crecer nada. „Amor“ está escrito bien grande en la pared de una casa.

La „estancia del silencio“ en la Charité. Definimos enfermedad según nuestro criterio de salud, no al revés. Quizá por ello hay una concepción tan restringida de lo „normal“. Espacio para despedirse. Por los corredores de un blanco estéril salgo afuera. Las personal ante el hospital están tranquilas, algunas marcadas por el sufrimiento. La Iglesia-Memorial no la siento como un ámbito de meditación y silencio. En su interior queda para mí demasiado poco preservado de esa dolorosa diferencia de afuera.

Plaza Straussberger. 17 de junio. Paseo Stalin. Calles imponentes, poco verde, mucha RDA aún entre los bloques de edificios. Utopía de la igualdad, que desembocó en una equiparación y nivelación de las contradicciones y diferencias. „Unidad“: el término más empleado en la RDA. Todo lo distinto, decadente, surrealista, se percibía como amenaza, que podía socavar la unidad, siendo por ello prohibido. Una armonía producida artificialmente, que no podía ni quería sostener contrastes y conflictos ni sacar vida de ello. Asiáticos en lugar de turcos. Ningún individualismo tan marcado habla desde los rostros. (…) „El país en que nací, no se halla ya en este mundo…“, canta Hans-Eckhardt Wenzel. La tierra de nadie junto al muro de antaño. En Rumania me toman por europea occidental, en Austria claramente como alemana y yo misma me sigo definiendo, dentro y fuera de Alemania, como alemana oriental.

Aún me llama poderosamente la atención la diferencia entre este y oeste en los distritos de esta ciudad. Resulta diferente andar por Prenzlauer Berg o por Kreuzberg. Y sin embargo hoy la frontera discurre mucho menos entre este y oeste, que entre arriba y abajo…

Juntos – implicados

En las escaleras de una estación de metro, un joven mendigo. Pide un poco de calderilla o un bono usado. Con toda naturalidad paso por delante de él, introduzco el dinero requerido en la máquina de billetes, y vacilo. Torpemente vuelvo atrás y le pregunto, un poco formalmente, por qué está ahí sentado y para qué quiere el dinero. Interés, un auténtico interés, no puedo provocarlo a voluntad; se da o no. Lo mismo ocurre con la amistad, y sobre todo con el amor. Son un regalo, no un propósito o un plan.

Entramos en conversación. Me pregunta por qué he vuelto atrás, a qué me dedico. Busco a „Dios“ en los encuentros por la calle, fuera de los muros de las iglesias, respondo titubeando, sorprendida de que pueda responder algo a su pregunta. Eso es algo „totalmente desquiciado“, opina repetidamente, y me mira entre admirado y sonriente.

Por la mañana estoy muy indecisa sobre la dirección que debía tomar ese día. No tenía claros ni el camino ni la meta y tampoco resultaban, como en los días anteriores, del simple ir yendo. Hubiera preferido preguntar a alguien por el camino, el camino que yo debería andar.

Ahora puedo preguntarle a este joven: ¿Qué lugares son para ti tan significativos que me mandarías allí? ¿Adónde he de ir? A él no le resulta la pregunta tan peculiar como yo había sospechado, sino que se lo piensa mucho antes de responder. Si puedo soportar algo bien duro, debería ir al servicio de urgencia para drogadictos en la plaza Wittenberg. Un lugar bonito para él sería el parque Treptower. Dos lugares que representarían las dos distintas caras de su vida. Nos despedimos, pero en realidad me sigue acompañando, es una especie de „guía“, o al menos alguien que me ha dado algo –algo de sí- para el camino.

Ya en la plaza Wittenberg, he de preguntar de nuevo por el camino, recibiendo miradas asombradas, compasivas. Finalmente encuentro el servicio de urgencia. No hay picaporte en la puerta, sino un pomo.Hubiera debido llamar, para entrar. „¿Puedo echar un vistazo por aquí? He hablado con un ‘afectado’…“ No he entrado, no quería ser una curiosa con „interés de trabajadora social“. En lugar de ello, me siento en el lado opuesto de la calle y me tomo tiempo para observar lo difícil que les resulta a los „afectados“ llamar y penetrar ese umbral.

Voy hacia el parque Treptower. Sin bolso voy suelta y mi actitud –por el camino finalmente bien ancho- me recuerda la de alguien que dobla la esquina corriendo hacia el buzón. Una sensación hermosa, liberadora. Magníficas alamedas, prados tranquilos en medio de la bulliciosa ciudad. Un lugar tranquilizador: barrunto por qué para mi „acompañante“ es un lugar bonito.

El edificio de acero en el parque Görlitzer. Parece de lejos como una iglesia inclinada. De cerca me doy cuenta de que si los esfuerzos laterales fueran paralelos, volcaría. Está en pie solamente por la contraposición. ¿Estar contrapuestos es pues un estar referidos?

Las reglas regulan a menudo nuestra convivencia, e igualmente a menudo la restringen, cuando no vamos más allá de la reglamentación. Falta entonces la agitación productiva, la vitalidad, sólo posible por las transgresiones de límites o las irregularidades. Los límites y reglas de nuestro grupo de Ejercicios los determinamos en gran parte nosotros mismos. Son de otro tipo que en los Ejercicios en retiro. El reto no está en la interioridad, sino en medio de la vida, en la calle precisamente. Nuestro grupo no consta de quienes toman la iniciativa y quienes la siguen. Nuestra convivencia –desayuno, cena, impulso matutino, celebración y conversación en la velada- funciona, con toda la diversidad que tenemos, fuera de ese modelo mental y conductual. No hay ninguna mentalidad encajonada con sus juicios definitivos y su jerarquía con frecuencia aniquiladora. En el grupo vivimos en el fondo lo mismo que en la calle: salir al encuentro del otro o de la otra, del distinto, en igualdad, entendiendo „igual“ en el sentido de „con igual valor“ o „con igual derecho“, no como supresión de la particularidad, de la diferencia.

Al comienzo de nuestros Ejercicios estaba la historia de Moisés, que oye una voz desde la zarza ardiendo. Sientge curiosidad, se da tiempo y permanece en pie. Escucha. Yo tengo expectativas y representaciones de cómo debería oír esa „voz desde la zarza“ y me cuesta aceptar que no ocurra según mis previsiones. Por eso mi símbolo de los Ejercicios es un guijarro, que se ha colado una y otra vez por los caminos de Berlín. No una piedra potente de choque, que me proporcione una sensación de fin de año como un gran propósito al final de estos días, no. Una piedra minúscula, que no llama la atención, que sin embargo a mí pudo obligarme a permanecer en pie, a observar, escuchar, mirar. He debido y querido tomarme tiempo para esta piedra, cuyo roce tanto paso por alto en la cotidianidad, con el que a veces me lastimo los pies, hasta que en algún momento ya no se puede seguir.

Christianne Wiesner
Publicado en JEV-NET (periódico de los voluntarios jesuitas europeos)