Hna. Petra Bigge, Por las calles de Nuremberg

Una tarde, durante mis Ejercicios en la calle en Nuremberg, me fui ante la prisión situada muy próxima a nuestra casa. Vari@s de l@s participantes habían contado ya sobre ella. Yo sólo pretendía mirar, dejarme interpelar por los muros.

Cuando llegué cerca, vi de lejos abierta la puerta de la sala de visitas. Algunas personas estaban sentadas a la sombra de los árboles, buscanso su frescor contra la canícula del verano. Me senté también a la sombra sobre una pequeña tapia y observé el ir y venir. Salían conversando mujeres y hombres, frustrados, excitados, agotados, cansados.

Me llamó la atención un señor de más edad, vestido completamente de blanco. Iba arriba y abajo por delante de la gran puerta: De repente le llamaron dentro. Poco después volvió a salir.

Observé también a muchos funcionarios saliendo y entrando. Cambio de turno. Noche libre bien ganada para algunos, comienzo de servicio para otros. Observaba sus rostros, a dónde iban, en qué coche dejaban el trabajo.

Me planteé entonces acercarme más a la sala de visitas. Cuando me puse en pie, se me acercó el señor todo de blanco y me preguntó a quién esperaba. Respondí: „Busco a Dios“.

Dijo él: „Acabo de pagar un fuerte rescate por mi hijo. Espere aún 40 minutos y vendrá. Ud. puede venirse a nuestra casa; manutención y alojamiento gratis; puede trabajar en mi restaurante. Se lo enseñaré todo“.

Le dije que tenía libre el día siguiente y al otro. Entoces dijo que era muy poco; que debería quedarme medio año y mirar si estaba a gusto con él.

Sólo cuando lo conté en la comunidad de los combonianos caí en la cuenta de que Dios me había hablado en ese encuentro. Aún me siguen resonando hoy sus palabras en mis oídos: He pagado un fuerte rescate por mi hijo; vendrá dentro de 40 minutos. Al mirar el reloj observé, que 40 minutos más tarde comenzaba nuestra eucaristía.

Él quiere llegar a cada uno de nosotros también en este tiempo de Adviento. También nosotros estos rescatados. Rescatados a precio caro. Hij@s libres de Dios.

Hna. Petra Bigge